Como cada año, por todas partes se nos anuncia que la navidad llega fiel a su cita. Para ser más precisos, cada vez antes, nuestras calles, nuestros comercios, etc., se llenan de ofertas irresistibles que nos deslumbran y amenazan con apagar la llama de la Navidad.
Luces, prisas, compras, celebraciones. Y, sin embargo, en su centro late algo humilde y poderoso: Dios se hace niño y nos invita a redescubrir la importancia de lo pequeño, de lo frágil.
Es un tiempo de encuentros y reencuentros; pero, sobre todo, una oportunidad para renovar nuestra esperanza en una humanidad que puede dar de sí más de lo que da.
Vivimos tiempos difíciles: desencanto, falta de esperanza, crispación y enfrentamiento parecen ocupar el centro de la escena. Sin embargo, la Navidad nos recuerda que esa luz que nace en nuestros corazones nos llama a ser signo de unidad, de que es posible vivir en armonía desde la pluralidad de personas, ideas o sensibilidades. ¡Qué mejor signo de esperanza podemos ofrecer a nuestro alumnado, a nuestras familias y a nuestro mundo!



